
DOMINGO VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
(CICLO C)
PROGRAMA PARROQUIAL:
DOMINGO, 20 DE FEBRERO
- Horario de la parroquia: abierta de 10.00 h. a 13.30 h. y de 18.00 h. a 21.30 h.
- Eucaristía del Domingo VII del Tiempo Ordinario (a las 11.00 h.).
Para ver la transmisión en directo, pincha aquí
- Rezo del Santo Rosario (a las 19.00 h.) y Eucaristía II Vísperas del Domingo de la VII Semana del Tiempo Ordinario (a las 20.30 h.)
NOTICIAS DE ACTUALIDAD
Ángelus del Papa Francsico
(20.02.2022)
Homilía - Domingo de la VII del T. O.
(Misa de la mañana, 20.02.2022)
Actualidad comentada por el P. Santiago Martín
(18.02.2022)
Elogio: En Aljustrel, lugar cercano a Fátima, en Portugal, santa Jacinta Marto, la cual, siendo aún niña de tierna edad, aceptó con toda paciencia la grave enfermedad que le aquejaba y demostró siempre una gran devoción a la Santísima Virgen María.
refieren a este santo: Bienaventurada Virgen María de Fátima, San Francisco Marto
San Serapión de Alejandría, mártir
En Alejandría de Egipto, conmemoración de san Serapión, mártir, que en tiempo del emperador Decio fue víctima de atroces tormentos y, después de descoyuntarle todos los miembros, acabó siendo precipitado desde lo alto de su propia casa.
Santos Cinco Mártires de Tiro, mártires
Conmemoración de cinco santos mártires que perecieron en la ciudad de Tiro, en tiempo del emperador Diocleciano, los cuales, azotados primero y luego expuestos desnudos a las fieras, mostraron su firme e inamovible constancia a pesar de su juventud. Uno de ellos, de apenas veinte años, oraba con los brazos extendidos en forma de cruz, y todos, finalmente, fueron degollados.
San Tiranión de Tiro, obispo y mártir
En Antioquía, en Siria, conmemoración de san Tiranión, obispo de Tiro y mártir, que educado en la fe cristiana desde su más tierna edad, alcanzó la corona de la gloria al ser desgarrado con garfios de hierro, junto con el presbítero Zenobio.
San Eleuterio de Tournai, obispo
En Tournai, en la Galia Bélgica, san Eleuterio, obispo.
San Euquerio de Orleans, obispo
En el cenobio de Saint-Truiden, en el territorio de Brabante, en Austrasia, tránsito de san Euquerio, obispo de Orleans, que desterrado por Carlos Martel a causa de las calumnias de algunos envidiosos, encontró piadoso refugio entre aquellos monjes.
San León de Catania, obispo
En Catania, de Sicilia, san León, obispo, que se ocupó sobre todo del cuidado de los pobres.
Beata Julia Rodzinska, virgen y mártir
En Stutthof, cerca de Gdynia, en Polonia, beata Julia Rodzinska, virgen de la Congregación de Hermanas Santo Domingo y mártir, que durante la ocupación militar de su patria en tiempo de guerra, fue confinada en un campo de concentración, donde, después de haber contraído una grave enfermedad, pasó a la gloria.
LITURGIA DE HOY
Misa del Domingo (verde).
MISAL: ants. y oracs. props., Gl., Cr., Pf. dominical.
LECC.: vol. I (C).
- 1 Sam 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23. El Señor te ha entregado hoy en
mi poder, pero yo no he querido extender la mano.
- Sal 102. R. El Señor es compasivo y misericordioso.
- 1 Cor 15, 45-49. Lo mismo que hemos llevado la imagen del
hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.
- Lc 6, 27-38. Sed misericordiosos como vuestro Padre es
misericordioso.
«Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso». El amor a los
enemigos, la generosidad con los que nos piden, perdonar a los que nos ofenden…
Todo esto es el contenido del Ev. de hoy. Para entenderlo tenemos primero que
contemplar la misericordia de Dios, que tanto nos ama y perdona a lo largo de
nuestra vida, a pesar de tantos pecados e infidelidades. Hoy, al rezar el
Padrenuestro, atendamos especialmente a la petición: «Perdona nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». ¿Somos consecuentes
con esta petición? En la 1 lect. se nos presenta como modelo de compasión y
misericordia a David, que pudiendo vengarse de Saúl, su enemigo, le perdonó la
vida, no queriendo atentar impunemente contra el ungido del Señor.
Liturgia de las Horas: oficio
dominical. Te Deum. Comp. Dom. II.
Martirologio: elogs.
del 21 de febrero, pág. 173.
Antífona de entrada Sal 12, 6
Señor, yo
confío en tu misericordia: mi alma gozará con tu salvación, y cantaré al Señor
por el bien que me ha hecho.
Monición
de entrada (Año C)
Domingo a domingo vamos siendo introducidos en el Misterio pascual del Señor
por medio de la participación en la eucaristía, sacramento del amor que supera
todo odio y división y que nos recuerda el mandamiento nuevo del amor.
Dispongámonos interiormente para participar en este acontecimiento de salvación
que va haciendo de nosotros hombres y mujeres que tienen el mismo corazón
misericordioso del Padre.
Acto penitencial
Todo como en el Ordinario de la Misa. Para la tercera fórmula pueden usarse
las siguientes invocaciones:
- Tú, que amas el primero: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.
- Tú. que nos amas de balde: Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
- Tú, que amas sin fronteras: Señor, ten piedad
R. Señor, ten piedad.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Concédenos,
Dios todopoderoso,
que, meditando siempre las realidades espirituales,
cumplamos, de palabra y de obra, lo que a ti te complace.
Por nuestro Señor
Jesucristo.
LECTURAS DE
LA MISA
Audio y comentario del Evangelio de hoy (I)
Audio y comentario del Evangelio de hoy (II)
PRIMERA LECTURA
El
Señor te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender la mano
Lectura del primer libro de Samuel (1 Sam 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23)
EN AQUELLOS DÍAS, Saúl emprendió la bajada al desierto de Zif, llevando
tres mil hombres escogidos de Israel, para buscar a David allí.
David y Abisay llegaron de noche junto a la tropa. Saúl dormía, acostado
en el cercado, con la lanza hincada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa
dormían en torno a él.
Abisay dijo a David:
«Dios pone hoy al enemigo en tu mano. Déjame que lo clave de un golpe con
la lanza en la tierra. No tendré que repetir».
David respondió:
«No acabes con él, pues ¿quién ha extendido su mano contra el ungido del
Señor y ha quedado impune?».
David cogió la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se
marcharon. Nadie los vio, ni se dio cuenta, ni se despertó. Todos dormían,
porque el Señor había hecho caer sobre ellos un sueño profundo.
David cruzó al otro lado y se puso en pie sobre la cima de la montaña,
lejos, manteniendo una gran distancia entre ellos, y gritó:
«Aquí está la lanza del rey. Venga por ella uno de sus servidores, y que
el Señor pague a cada uno según su justicia Y su fidelidad. Él te ha entregado
hoy en mi poder, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del
Señor».
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
SALMO RESPONSORIAL (Sal 102, 1-2. 3-4. 8 et 10. 12-13 [R.: 8a)
R. El
Señor es compasivo y misericordioso.
V. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.
R. El
Señor es compasivo y misericordioso.
V. Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura.
R. El
Señor es compasivo y misericordioso.
V. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas.
R. El
Señor es compasivo y misericordioso.
V. Como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos.
Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que lo temen.
R. El
Señor es compasivo y misericordioso.
SEGUNDA LECTURA
Lo
mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la
imagen del celestial
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (1 Cor
15, 45-49)
HERMANOS:
El primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en
espíritu vivificante.
Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo
espiritual.
El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo
hombre es del cielo.
Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así
son los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal,
llevaremos también la imagen del celestial.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Aleluya Jn 13, 34
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Os doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—: que os améis unos a
otros, como yo os he amado. R.
EVANGELIO
Sed
misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso
╬ Lectura del santo Evangelio según san Lucas (Lc 6, 27-38)
R. Gloria a ti, Señor.
EN AQUEL TIEMPO, dijo Jesús a sus discípulos:
«A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced
el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os
calumnian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite
la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al
que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que
ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También
los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen
bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?
También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin
esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo,
porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y
no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis
perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada,
remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a
vosotros».
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Papa Francisco
ÁNGELUS. Plaza de San
Pedro. Domingo, 24 de febrero de 2019
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de este domingo (cf. Lc 6, 27-38) se refiere a un punto central y
característico de la vida cristiana: el amor por los enemigos. Las palabras de
Jesús son claras: «Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos,
haced bien a los que os odian, bendecid a los que os maldigan, rogad por los
que os difamen» (versículos 27-28) ). Y esto no es una opción, es un mandato.
No es para todos, sino para los discípulos, que Jesús llama “a los que me
escucháis”. Él sabe muy bien que amar a los enemigos va más allá de nuestras
posibilidades, pero para esto se hizo hombre: no para dejarnos así como somos,
sino para transformarnos en hombres y mujeres capaces de un amor más grande, el
de su Padre y el nuestro. Este es el amor que Jesús da a quienes lo “escuchan”.
¡Y entonces se hace posible! Con él, gracias a su amor, a su Espíritu, también
podemos amar a quienes no nos aman, incluso a quienes nos hacen daño.
De este modo, Jesús quiere que en cada corazón el amor de Dios triunfe sobre el
odio y el rencor. La lógica del amor, que culmina en la Cruz de Cristo, es la
señal distintiva del cristiano y nos lleva a salir al encuentro de todos con un
corazón de hermanos. Pero, ¿cómo es posible superar el instinto humano y la ley
mundana de la represalia? La respuesta la da Jesús en la misma página del
Evangelio: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (vers.
36). Quien escucha a Jesús, quien se esfuerza por seguirlo aunque cueste, se
convierte en hijo de Dios y comienza a parecerse realmente al Padre que está en
el cielo. Nos volvemos capaces de cosas que nunca hubiéramos pensado que
podríamos decir o hacer, y de las cuales nos habríamos avergonzado, pero que
ahora nos dan alegría y paz. Ya no necesitamos ser violentos, con palabras y
gestos; nos descubrimos capaces de ternura y bondad; y sentimos que todo esto
no viene de nosotros sino de Él, y por lo tanto no nos jactamos de ello, sino
que estamos agradecidos.
No hay nada más grande y más fecundo que el amor: confiere a la persona toda su
dignidad, mientras que, por el contrario, el odio y la venganza la disminuyen,
desfigurando la belleza de la criatura hecha a imagen de Dios.
Este mandato, de responder al insulto y al mal con el amor, ha generado una
nueva cultura en el mundo: la «cultura de la misericordia —¡debemos aprenderla
bien! Y practicarla bien esta cultura de la misericordia—, que da vida a una
verdadera revolución» (Cart. Ap. Misericordia et misera, 20). Es la
revolución del amor, cuyos protagonistas son los mártires de todos los tiempos.
Y Jesús nos asegura que nuestro comportamiento, marcado por el amor por
aquellos que nos han hecho daño, no será en vano. Él dice: «Perdonad y seréis
perdonados. Dad y se os dará [...] porque con la medida con que midáis, se os
medirá» (vers. 37-38). Esto es hermoso. Será algo hermoso que Dios nos dará si
somos generosos, misericordiosos. Debemos perdonar porque Dios nos ha perdonado
y él siempre nos perdona. Si no perdonamos completamente, no podemos pretender
ser completamente perdonados. En cambio, si nuestros corazones se abren a la
misericordia, si el perdón se sella con un abrazo fraternal y los lazos de
comunión se fortalecen, proclamamos ante el mundo que es posible vencer el mal
con el bien. A veces es más fácil para nosotros recordar las injusticias que
hemos sufrido y el mal que nos han hecho y no las cosas buenas; hasta el punto
de que hay personas que tienen este hábito y se convierte en una enfermedad.
Son “coleccionistas de injusticias”: solo recuerdan las cosas malas que les han
hecho. Y este no es el camino. Tenemos que hacer lo contrario, dice Jesús.
Recordar las cosas buenas, y cuando alguien viene con una habladuría y habla
mal de otro, decir: “Sí, quizás... pero tiene esto de bueno...”. Invertir el
discurso. Esta es la revolución de la misericordia.
Que la Virgen María nos ayude a dejarnos tocar el corazón con esta santa
palabra de Jesús, ardiente como fuego, que nos transforma y nos hace capaces de
hacer el bien sin querer nada a cambio, hacer el bien sin querer nada a cambio,
testimoniando en todas partes la victoria del amor.
Homilía, Consistorio sábado 19
de noviembre de 2016.
Al texto del Evangelio que terminamos de escuchar (cf. Lc 6, 27-36),
muchos lo han llamado «el Sermón de la llanura». Después de la institución de los
doce, Jesús bajó con sus discípulos a donde una muchedumbre lo esperaba para
escucharlo y hacerse sanar. El llamado de los apóstoles va acompañado de este
«ponerse en marcha» hacia la llanura, hacia el encuentro de una muchedumbre
que, como dice el texto del Evangelio, estaba «atormentada» (cf. Lc 6, 18). La
elección, en vez de mantenerlos en lo alto del monte, en su cumbre, los lleva
al corazón de la multitud, los pone en medio de sus tormentos, en el llano de
sus vidas. De esta forma, el Señor les y nos revela que la verdadera cúspide se
realiza en la llanura, y la llanura nos recuerda que la cúspide se encuentra en
una mirada y especialmente en una llamada: «Sean misericordiosos, como el Padre
de ustedes es misericordioso» (Lc 6, 36).
Una invitación acompañada de cuatro imperativos, podríamos decir de
cuatro exhortaciones que el Señor les hace para plasmar su vocación en lo
concreto, en lo cotidiano de la vida. Son cuatro acciones que darán forma,
darán carne y harán tangible el camino del discípulo. Podríamos decir que son
cuatro etapas de la mistagogia de la misericordia: amen, hagan el bien,
bendigan y rueguen. Creo que en estos aspectos todos podemos coincidir y hasta
nos resultan razonables. Son cuatro acciones que fácilmente realizamos con
nuestros amigos, con las personas más o menos cercanas, cercanas en el afecto,
en la idiosincrasia, en las costumbres.
El problema surge cuando Jesús nos presenta los destinarios de estas
acciones, y en esto es muy claro, no anda con vueltas ni eufemismos: Amen a sus
enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen,
rueguen por los que los difaman (cf. Lc 6, 27-28).
Y estas no son acciones que surgen espontáneas con quien está delante de
nosotros como un adversario, como un enemigo. Frente a ellos, nuestra actitud
primera e instintiva es descalificarlos, desautorizarlos, maldecirlos; buscamos
en muchos casos «demonizarlos», a fin de tener una «santa» justificación para
sacárnoslos de encima. En cambio, Jesús nos dice que al enemigo, al que te
odia, al que te maldice o difama: ámalo, hazle el bien, bendícelo y ruega por
él.
Nos encontramos frente a una de las características más propias del
mensaje de Jesús, allí donde esconde su fuerza y su secreto; allí radica la
fuente de nuestra alegría, la potencia de nuestro andar y el anuncio de la
buena nueva. El enemigo es alguien a quien debo amar. En el corazón de Dios no
hay enemigos, Dios tiene hijos. Nosotros levantamos muros, construimos barreras
y clasificamos a las personas. Dios tiene hijos y no precisamente para
sacárselos de encima. El amor de Dios tiene sabor a fidelidad con las personas,
porque es amor de entrañas, un amor maternal/paternal que no las deja
abandonadas, incluso cuando se hayan equivocado. Nuestro Padre no espera a amar
al mundo cuando seamos buenos, no espera a amarnos cuando seamos menos injustos
o perfectos; nos ama porque eligió amarnos, nos ama porque nos ha dado el
estatuto de hijos. Nos ha amado incluso cuando éramos enemigos suyos (cf. Rm 5,
10). El amor incondicionado del Padre para con todos ha sido, y es, verdadera
exigencia de conversión para nuestro pobre corazón que tiende a juzgar,
dividir, oponer y condenar. Saber que Dios sigue amando incluso a quien lo
rechaza es una fuente ilimitada de confianza y estímulo para la misión. Ninguna
mano sucia puede impedir que Dios ponga en esa mano la Vida que quiere
regalarnos.
La nuestra es una época caracterizada por fuertes cuestionamientos e
interrogantes a escala mundial. Nos toca transitar un tiempo donde resurgen epidémicamente,
en nuestras sociedades, la polarización y la exclusión como única forma posible
de resolver los conflictos. Vemos, por ejemplo, cómo rápidamente el que está a
nuestro lado ya no sólo posee el estado de desconocido o inmigrante o
refugiado, sino que se convierte en una amenaza; posee el estado de enemigo.
Enemigo por venir de una tierra lejana o por tener otras costumbres. Enemigo
por su color de piel, por su idioma o su condición social, enemigo por pensar
diferente e inclusive por tener otra fe. ¿Enemigo por? Y sin darnos cuenta esta
lógica se instala en nuestra forma de vivir, de actuar y proceder. Entonces,
todo y todos comienzan a tener sabor de enemistad. Poco a poco las diferencias
se transforman en sinónimos de hostilidad, amenaza y violencia. Cuántas heridas
crecen por esta epidemia de enemistad y de violencia, que se sella en la carne
de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a
causa de esta patología de la indiferencia. Cuántas situaciones de precariedad y
sufrimiento se siembran por este crecimiento de enemistad entre los pueblos,
entre nosotros. Sí, entre nosotros, dentro de nuestras comunidades, de nuestros
presbiterios, de nuestros encuentros. El virus de la polarización y la
enemistad se nos cuela en nuestras formas de pensar, de sentir y de actuar. No
somos inmunes a esto y tenemos que velar para que esta actitud no cope nuestro
corazón, porque iría contra la riqueza y la universalidad de la Iglesia que
podemos palpar en este Colegio Cardenalicio. Venimos de tierras lejanas,
tenemos diferentes costumbres, color de piel, idiomas y condición social;
pensamos distinto e incluso celebramos la fe con ritos diversos. Y nada de esto
nos hace enemigos, al contrario, es una de nuestras mayores riquezas.
Queridos hermanos, Jesús no deja de «bajar del monte», no deja de querer
insertarnos en la encrucijada de nuestra historia para anunciar el Evangelio de
la Misericordia. Jesús nos sigue llamando y enviando al «llano» de nuestros
pueblos, nos sigue invitando a gastar nuestras vidas levantando la esperanza de
nuestra gente, siendo signos de reconciliación. Como Iglesia, seguimos siendo
invitados a abrir nuestros ojos para mirar las heridas de tantos hermanos y
hermanas privados de su dignidad, privados en su dignidad.
Querido hermano neo Cardenal, el camino al cielo comienza en el llano, en
la cotidianeidad de la vida partida y compartida, de una vida gastada y
entregada. En la entrega silenciosa y cotidiana de lo que somos. Nuestra cumbre
es esta calidad del amor; nuestra meta y deseo es buscar en la llanura de la
vida, junto al Pueblo de Dios, transformarnos en personas capaces de perdón y
reconciliación.
Querido hermano, hoy se te pide cuidar en tu corazón y en el de la
Iglesia esta invitación a ser misericordioso como el Padre, sabiendo que «si
hay algo que debe inquietarnos santamente y preocupar nuestras conciencias es
que tantos hermanos vivan sin la fuerza, sin la luz y el consuelo de la amistad
con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de
sentido que dé vida» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 49).
Papa
Benedicto XVI
ÁNGELUS, Domingo 18 de febrero de 2007
Queridos hermanos y hermanas:
El evangelio de este domingo contiene una de las expresiones más típicas y
fuertes de la predicación de Jesús: "Amad a vuestros enemigos" (Lc 6,
27). Está tomada del evangelio de san Lucas, pero se encuentra también en el de
san Mateo (Mt 5, 44), en el contexto del discurso programático que comienza con
las famosas "Bienaventuranzas". Jesús lo pronunció en Galilea, al
inicio de su vida pública. Es casi un "manifiesto" presentado a
todos, sobre el cual pide la adhesión de sus discípulos, proponiéndoles en
términos radicales su modelo de vida.
Pero, ¿cuál es el sentido de esas palabras? ¿Por qué Jesús pide amar a los
propios enemigos, o sea, un amor que excede la capacidad humana? En realidad,
la propuesta de Cristo es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo hay
demasiada violencia, demasiada injusticia y, por tanto, sólo se puede superar
esta situación contraponiendo un plus de amor, un plus de bondad. Este
"plus" viene de Dios: es su misericordia, que se ha hecho carne en
Jesús y es la única que puede "desequilibrar" el mundo del mal hacia
el bien, a partir del pequeño y decisivo "mundo" que es el corazón
del hombre.
Con razón, esta página evangélica se considera la charta magna de
la no violencia cristiana, que no consiste en rendirse ante el mal -según una
falsa interpretación de "presentar la otra mejilla" (cf. Lc 6, 29)-,
sino en responder al mal con el bien (cf. Rm 12, 17-21), rompiendo de este modo
la cadena de la injusticia. Así, se comprende que para los cristianos la no
violencia no es un mero comportamiento táctico, sino más bien un modo de ser de
la persona, la actitud de quien está tan convencido del amor de Dios y de su
poder, que no tiene miedo de afrontar el mal únicamente con las armas del amor
y de la verdad.
El amor a los enemigos constituye el núcleo de la "revolución
cristiana", revolución que no se basa en estrategias de poder económico,
político o mediático. La revolución del amor, un amor que en definitiva no se
apoya en los recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando
únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. Esta es la novedad del
Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. Este es el heroísmo de los
"pequeños", que creen en el amor de Dios y lo difunden incluso a
costa de su vida.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma, que comenzará el próximo miércoles
con el rito de la Ceniza, es el tiempo favorable en el cual todos los
cristianos son invitados a convertirse cada vez más profundamente al amor de
Cristo. Pidamos a la Virgen María, dócil discípula del Redentor, que nos ayude
a dejarnos conquistar sin reservas por ese amor, a aprender a amar como él nos
ha amado, para ser misericordiosos como es misericordioso nuestro Padre que
está en los cielos (cf. Lc 6, 36).
Se dice Credo.
Oración de los fieles (Año C)
Haciendo nuestros los sentimientos de David, que perdonó a su enemigo, y de
Jesús, que oró en la cruz por sus verdugos, oremos a Dios Padre.
- Por todos los creyentes en Cristo, para que, perdonándonos
mutuamente, demos testimonio ante el mundo del amor y el perdón de Dios.
Roguemos al Señor.
- Por los que pretenden una sociedad fundada en el odio, en la
lucha de clases, en la segregación racial, en la represión, para que descubran
la fuerza del amor. Roguemos al Señor.
- Por los que no saben perdonar, porque nunca han sido amados, para
que descubran también la fuerza del amor. Roguemos al Señor.
- Por nosotros, aquí reunidos, para que aprendamos a amar al que
nos quiere mal y a hacer el bien a todos, sin esperar nada. Roguemos al Señor.
Dios, Padre nuestro, que no nos tratas
como merecen nuestros pecados
ni
nos pagas según nuestras culpas,
escucha nuestras súplicas.
Por Jesucristo,
nuestro Señor.
Oración sobre las ofrendas
Al
celebrar tus misterios con la debida reverenda,
te rogamos, Señor, que los
dones ofrecidos en reconocimiento de tu gloria
nos aprovechen para la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO VII DOMINICAL DEL TIEMPO ORDINARIO
La Salvación, fruto de la obediencia de Cristo
En
verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre
y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque
tu amor al mundo fue tan misericordioso
que nos enviaste como redentor a tu
propio Hijo,
y en todo lo quisiste semejante a nosotros, menos en el pecado,
para poder así amar en nosotros lo que amabas en él.
Con su obediencia has
restaurado aquellos dones
que por nuestra desobediencia habíamos perdido.
Por
eso, Señor, nosotros, llenos de alegría,
te aclamamos con los ángeles
y con
todos los santos, diciendo:
Santo, santo, santo...
Antífona de comunión Sal 9, 2-3
Proclamo todas tus maravillas, me alegro y exulto contigo, y toco en
honor de tu nombre, oh Altísimo.
O bien: Jn 11, 27
Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que
venir al mundo.
Oración después de la comunión
Concédenos,
Dios todopoderoso,
alcanzar el fruto de la salvación,
cuyo anticipo hemos
recibido por estos sacramentos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.